cultura y democracia
Por: Alfredo González González
Era común hace algunos años que cuando se escuchaba el vocablo “cultura” se pensaba que era patrimonio de unos cuantos y que no era más que la posesión de alguna disciplina cultural.
Los territorios culturales de los que yo recuerdo son: el arte, cuyo valor o pomposamente dicho “axiología” es la belleza. Abarca la oratoria, la danza, la pintura, la escultura y otras no menos bellas y hemos querido agregar la política si la definimos como arte porque es una expresión de bonitos matices cuando se cumple con la función pública.
Pero también el derecho cuyo valor absoluto es la justicia, como de la teología la santidad. En los libros de filosofía aparece como santo Agustín de Hipona y no así Tomas de Aquino porque antes de conocer el camino verdadero era un bohemio, pero logro enderezar el sendero.
Se ha dicho que la política es una ciencia o un arte. Si es un arte y como se ha dicho en su esencia su fin y su valor es la felicidad de los pueblos a través de quienes ejercitan las acciones a la colectividad a través de la salud, el deporte, la cultura, la explotación de los recursos naturales de forma racional, el respeto de la naturaleza, la equidad de que a los puestos públicos estén los capacitados para lo cual fueron nombrados, eso sería la axiología de la política.
Sería un ejercicio cultural que finalmente daría la paz de los pueblos y la fraternidad de los seres humanos, la preservación de las especies para la sobrevivencia de los habitantes de este planeta. Así concebimos la política también, como un rango cultural absoluto que no tiene replica cuando se lleva a cabo bajo los primeros austicios. Hubo grandes hombres como Edu El Grande en Rusia cuyo adjetivo se ganó por incorporar a la Rusia anterior a los adelantos.
La misma filosofía que es una búsqueda incesante de la verdad tiene que adquirir a una serie de auxiliares como son los tiempos y los espacios, se alimenta con la sociología, la ética, las teorías sobre el origen del mundo, las razones de la existencia de los cuatro elementos que son el aire, el agua, el fuego y la tierra y siempre está en busca del quinto elemento, el amor porque cuando hay amor hay hermandad, fraternidad.
En cada uno de esos quien practica cada uno de esos colores, de territorios culturales no le imprime ese espíritu, resulta su producto un tempano de hielo, por eso cuando leemos obras de la literatura como “El Padrino” de Mario Puzzo escribe las primera líneas: atrás de una gran fortuna, siempre hay un crimen y la auto relata con pelos y señales la estructura policiaca en los Estados Unidos de Norteamérica, comandantes corruptos, senadores en la misma situación.
El protagonista Don Corleone es un migrante siciliano cuyos padres son asesinados y huye hacia América donde funda un imperio. Es una trama que mantiene al lector o al cineasta en tensión. Se involucra a un arzobispo y por diversas circunstancias que sería complicado comentar, en el banco de San Ambrosio están agazapados los más peligrosos intelectuales de la mafia internacional escudados en una inmobiliaria.
El lector o el espectador queda electrizado: la pregunta: ¿Dónde está la verdadera maldad? En los que se escudan, los cimientos respetables de una institución o en quienes se reúnen a través de cinco familias en nueva york y se dedican al contrabando del vino, al negocio de mujeres, a las maquinitas, y en muchas veces lamentablemente al crimen, pero hay un código de mi coordinador que es El Padrino que no gusta entrar al negocio de la venta de drogas y mucho menos que se le venda a niños. Su código moral era: Dios, Familia y Lealtad. Desde una óptica personal no aprobamos el crimen, como no aprobamos que haya gente que demerite el catecismo de Cristo Jesús.
De ahí que el rango específico para definir a la política como arte, el verbo popular la define claro está con sus muchas y honrosas excepciones:
“Es el arte de ingerir excremento, sin hacerle gestos y pedir más”.