Era media mañana de agosto de 1947 cuando divisé una figura esmirriada, de color retinto, ambos portábamos una fisga en la playa frente a la residencia que por muchos años ocupó la familia Ayala Luke. El cometido que nos había llevado ahí sin conocernos era la captura de jaiba y de vez en cuando si la suerte favorecía una que otra liza.
