ECO PENINSULAR
Alfredo González González
Flores tardías para Carlos Ramón Castro Beltrán (Escribe Cimarrón).
Era el año de 1955, el equipaje de los practicantes de la normal nos aprestábamos a subir al camión de Octaviano Ruíz Verduzco, mejor conocido en los caminos como el “Tabanco”. Íbamos con destino Cabo San Lucas.
Serían los primeros compañeros en ser colocados. Seguimos a San José del Cabo, Miraflores, Santiago, Los Barriles y asísucesivamente hasta quienes se quedarían en San Pedro, obviamente, estos últimos podrían hacerlo en el viaje de ida.
Este artículo lo dedico con mucho afecto a quienes recuerdo con especial afecto. Mario Osuna Lara y, a Carlos Castro Beltrán de raíces extremadamente humildes, el primero, creció en el entonces preventorio, una de las obras del Dr. Francisco Cardoza Carballo quien reconocía, a su vez haber sido ayudado por Múgica y Olachea.
El viaje que se inició arribaría a Miraflores, famoso por sus hermosas mujeres. Era el punto destino de Félix Ojeda, Luis Torres Martínez, Carlos Ramón Castro Beltrán, Mario Osuna Lara, un servidor y algunos otros que escapan a nuestra memoria.
Seriamos comisionados como practicantes en la escuela primaria de Miraflores y comunidades aledañas como el Ranchito, las Casitas, Boca de la Sierra, de los que ahorita recuerdo. A Mario Osuna y a quien escribe, les dieron la comisión en aquella escuelita rural inolvidable, llamada Estado de Tabasco que había dirigido por muchos años, María de Jesús Castillo Castro, una extraordinaria mujer que se encargaba de darnos la comida de medio día, ya que era problemático el ir y venir hasta Miraflores para regresar por las tardes.
Sin embargo, los muchachos nos enseñaron la ruta de una vereda que acortaba el camino.
Caduaño hasta donde tengo entendido es un vocablo Pericù que quiere decir, Cañada Verde. Todo esto recordé al enterarme del fallecimiento en forma tardía de mi gran amigo Ramón Castro Beltrán con quien compartimos responsabilidades también muchos años después en la jefatura de redacción del Eco de California.
Buen escritor, mejor poeta, crítico de cine y otras cualidades que por su humildad pocos nos encargamos de hacer sobresalir. El reencuentro por las tardes cuando el sol dormía la siesta y el pueblito se empezaba a adormecer, las montañas del oeste de Miraflores, era de algarabía por las puntadas tanto del uno como del otro. Como maestro, fue uno de estos llamados ponderados y llevaba la Sudcalifornidad hasta el tuétano de los huesos.
Esa experiencia de mi estancia en Miraflores, me llevó a conocer a un gran maestro como Victorino Martínez y familia. Distinguido por ser un atleta consumado y en justicia debemos decir que muchos años después a él se le debió la construcción del estadio del pueblo en cuestión.
Debo confesar que los primeros días me atacó una nostalgia enfermiza y añoraba la ciudad de La Paz. Al despedirme de los muchachos y de la gran maestra “Pichucha”, se me rodaron las lágrimas por la ausencia que sobrevendría después de dos semanas de práctica.
Mario y yo enfilamos por la vereda indicada para acortar la distancia entre Caduaño y Miraflores. Al bajar al gran arroyo, volteamos la vista y cual sería nuestra sorpresa que en fila India nos acompañaban los muchachos de la escuela Estado de Tabasco. Repetidas veces les indicamos que regresaran porque la tarde iba a caer. Mario y yo seguimos el camino en silencio, entre pensamientos encontrados ornamentados por el cántico nostálgico de la paloma serrana y el enorme silencio del monte.
Entonces, volteamos Mario y yo y nos dimos la mano. Habíamos cumplido pero, lo más importante, aprendimos de la nobleza de nuestra gente, de su entrega total y nos dimos otro fuerte apretón de manos. Así comprendimos cómo se habían forjado el acero de los maestros y maestras rurales sudcalifornianas. Nunca olvidé a Panchito Rochìn, a Don Lupe Peña. Va con dedicatoria especial a mis hermanos y compadres Carmelita Verdugo de Higuera y Francisco Higuera Martínez quienes dirigían la escuela-internado de aquel lugar.
Me dieron asilo y alimentación ante la imposibilidad de trasladar a mi familia a aquel lugar por diversas razones. Hasta la fecha los admiramos y respetamos porque con esfuerzo y sacrificio supieron formar una familia de bien socialmente productiva.
Los recuerdos se mecen con el vaivén melancólico, pero Miraflores y sus gentes y comunidades aledañas, siguen vivas en mi corazón.
La frase del día:
“LAS VEREDAS QUITARÀN, PERO LA QUERENCIA, CUANDO.”