ECO PENINSULAR
Alfredo González González
Más allá de la lealtad.
El título del presente despacho obedece a una interpretación del que suscribe cuando hace muchos años leí una obra de titulada, Vámonos con Pancho Villa del autor Rafael F. Muñoz. Una de las pocas obras que se integra con diversos temas de la revolución mexicana.
En una generalidad diremos que se trata de un personaje que peleaba en las fuerzas del jefe de la División del Norte. En uno de tantos lugares contrajo el paludismo y ahí fue abandonado creyendo que estaba muerto.
Pasó el tiempo y vino el agarrón entre Villa y Obregón en Celaya Guanajuato. Tiempo en el que el artillero Felipe Ángeles aconsejaba a Pancho Villa que no enviara la oleadas de 2, 000 hombres porque estaban cayendo como moscas bajo las ametralladoras obregonistas.
Debemos de decir que Felipe Ángeles era el mejor artillero y aunque había sido educado en Francia pero se unió a las causas revolucionarias del caudillo del norte.
Diezmada la división del norte, villa se retiró de Celaya rumbo al norte de la república. Su objetivo ya no eran la esencia del parteaguas de 1910, sino que una sed de venganza le llevaba para penetrar por Columbus.
En su transitar, Villa observó una casita modesta con su parcela y algunos animalitos. Cuál sería su sorpresa que el propietario de lo que parecía un paisaje risueño era uno de sus hombres que habían dejado por muerto. Entonces Villa lo reconoció y le dijo: ¿Eres tú?, y le contestó: Yo mero mi General.
Lo invitó a pasar y pidió al anfitrión se le preparara un cabrito. Al servírsele el manjar, primero dio un trozo a quien lo invitó, sabida es la desconfianza que caracterizaba al guerrillero. Después de una amena conversación le dio las gracias y le dijo: ¡Vámonos!. Es entonces cuando aquel hombre que lo había atendido le dijo: ya tengo mi casa, mi parcela, tengo dos hijos.
Entonces el General Villa le dijo: ¿esto es lo que detiene?. Dicho lo anterior, sacó la pistola y mató a la hija y a la esposa. Quien le había servido en la guerrilla y lo había alimentado lentamente fue descolgando la carabina y ordenó a su hijo que ensillara los caballos. Ya montados les dijo a sus subalternos: “al viejo este lo quiero en las refriegas y el joven nos acompaña”.
Días más tarde entraron a Columbus y cobró el viejo agravio. El joven quedó echado sobre una ametralladora y huyeron hacia México. Villa fue herido en una pierna y pie. Lo escondieron en una gruta y pidió: “Que buscarán alguien que lo curara e indicó que el viejo al que le había matado la mujer y la hija fuera quien se quedara cuidándolo.
Dice el autor que durante treinta y tres días. El alimento del General fue pinole y agua. Después de mucha insistencia, su leal cuidador, de que le permitiera bajar de la ruta para desollar a algún semoviente y tener otro tipo de proteínas logró su propósito. Con tan mala suerte que fue capturado por un indio Comanche que llevaba como huellero las tropas de Pershing quien le pidió al indio que le rebanara las plantas de los pies y lo hiciera caminar entre piedras y espinas. Pero ni aún así reveló el lugar donde estaba Villa y sus pensamientos se mezclaban.
Evocaba el momento en el que miró morir a su esposa e hija en manos de Pancho Villa. Recordaba que en el fragor del combate Villa le gritaba:“¡Esta es la revolución¡ Vámonos, ya nadie te espera en tu casa!”. Los gringos entregaron a los carrancistas a aquel hombre quien fue mucho más allá de la LEALTAD, este último vocablo que está en peligro de extinción.
El pensamiento del día:
“LEALES FUERON A JUÀREZ MANUEL DOBLADO, GUILLERMO PRIETO, VALENTÌN GÒMEZ FARÌAS, MANUEL MÀRQUEZ DE LEÒN, IGNACIO ZARAGOZA, LOS INDIOS ZACAPOAXTLAS Y HASTA PORFIRIO DÌAZ QUIEN FUE EL HÈROE DEL DOS DE ABRIL Y PARECE QUE DEJÒ UNAS LARVAS”.