vámonos con Pancho Villa.
Por: Alfredo González González
Hace poco más de cuarenta años me obsequiaron un libro que contenía tres temas con el primero tuve: “vámonos con pancho villa”, al tiempo damos las gracias a Carmen GarcíaFormenti.
Desde la óptica personal revisamos que está considerada como la crudeza de los acontecimientos en el laboratorio social de 1910.
De la historia que presenta el autor Rafael Muñoz a un personaje, Tiburcio Maya, admirador del guerrillero de Durango, cuando se iba a tomar Chihuahua a Tiburcio lo dejaron como muerto y el jefe siguió más al sur con la división del norte, iba a darse con todo lo que tenía con Álvaro Obregón de filiación carrancista. Para esas fechas uno de los más grandes guerrilleros educado en Francia, el general Felipe Ángeles se unió a las fuerzas villistas. Cabrá decir que la famosa división del norte estaba compuesta por 50 mil hombres bien armados, sin embargo quien había hecho la revolución en el noroeste Álvaro Obregón era un estratega también.
Por más que le decía Ángeles a Villa que no mandara oleadas de dos mil hombres porque las ametralladoras obregonistas estaban prendiendo fuego, no hizo caso. Ángeles lamentaba la falta de disciplina, aun así logro volarle uno de los brazos a Álvaro Obregón.
La fuerza villista, se dirigió hacia el norte. Dice el autor que ya no era el hombre que buscaba justicia. Era como una fiera sedienta de sangre. Se dirigía a Columbus a arreglar una vieja cuenta pues había hecho una venta fraudulenta a los vuelos prendiéndole partes sin pólvora y llenos de aserrín que costó muchas vidas al General Villa, antes de llegar a la línea fronteriza se encontró con una casita llena de flores, una parcela y cuál sería su sorpresa, que se rencontró con Tiburcio Almada aquel que lo habían dado por muerto. Se le cuadro Tiburcio y le ofreció un cabrito, Villa siempre al acecho le dijo que lo probara primero, no vaya a estar envenenado. Terminaron de comer y se oyó la voz del general: ¡vámonos! Tú también Tiburcio y tu muchacho, ya está en edad. Tartamudeando Tiburcio le dijo: “general, yo ya tengo mi casa mi parcela, mi vieja y mis dos hijos”.
Los ojos del centauro relampaguearon y le dijo con una interrogante: ¿esto es lo que te detiene? Acto seguido saco la pistola matando a la esposa y a la hija. Volvió a gritar: ¡vámonos! obnubilados padre e hijo descolgaron las carabinas y antes de montar le dijo a los que lo acompañaban: Tiburcio va a ir siempre al frente conmigo.
Entraron a Columbus, tomó venganza de mano propia. El hijo de Tiburcio quedó echado muerto sobre una ametralladora y ellos salieron del territorio norteamericano hacia México. En la trayectoria para buscar donde esconderse hirieron en una pierna a Francisco Villa. La única forma de salvarlo de una fuerza comandada por Pershing a quien le autorizo Carranza violar a la soberanía nacional y las fuerzas carrancistas los acompañaba un comanche. Lo subieron a una cueva, cubrieron bien la entrada con breña y durante 33 días estuvieron alimentándose de agua y pinole, pasado esos días ya tenían ganas de comer trozos de carne, Tiburcio le decía: general déjeme bajar, hay muchas reces y yo le aso carne aquí, por fin lo convenció, no había caminado 50 metros cuando le cayeron los soldados gringos, lo amarraron de pies, brazos y manos y el indio huellero le fue rebanando la planta de los pies al tiempo que le decía el oficial gringo: “te vamos a regalar un rancho ganadero del otro lado para qué progreses pero dinos donde esta ese criminal”: luego lo levantaron, lo hicieron caminar entre espinas y piedras. En ese momento Tiburcio se acordaba lo que le habían hecho a su esposa e hija, pero ni así dijo dónde estaba escondido el general.
Después se lo entregaron a las fuerzas carrancistas quienes le ahorcaron en la soga en un rio.
Esto que se narra me basto porque hay otro tema que se llama:” Se llevaron el cañón para Bachimba”, pero con el primero que leí nos bastó.
Yo le hubiera sugerido al autor que le pusiera un título que expresara: “más allá de la lealtad”.